La vitalidad de los dientes humanos es una obra maestra de la biología, sustentada en cuatro pilares dinámicos y entrelazados.

El primero es su origen celular. Durante su formación, células especializadas llamadas ameloblastos y odontoblastos construyen la estructura. Secretan una matriz proteica sobre la cual se depositan minerales como la hidroxiapatita, formando el esmalte (el tejido más duro del cuerpo) y la dentina. Esta vida inicial les otorga su fortaleza permanente.

El segundo pilar es el núcleo vivo: la pulpa dental. Este tejido blando, irrigado por vasos sanguíneos y nervios, es el corazón del diente. Los odontoblastos, en su periferia, siguen produciendo dentina a lo largo de la vida como mecanismo de defensa, haciendo del diente una estructura que se adapta.

El tercer pilar es el equilibrio químico constante, dirigido por la saliva. Tras las comidas, bacterias producen ácidos que desmineralizan el esmalte. La saliva, rica en calcio y fosfato, contrarresta este efecto promoviendo la remineralización, reparando lesiones microscópicas. Su acción neutralizante y antimicrobiana la convierte en el principal guardián del ecosistema bucal.

Finalmente, el cuarto pilar es el anclaje inteligente: el ligamento periodontal. Esta red de fibras une la raíz al hueso, actuando como un amortiguador que distribuye la fuerza de la masticación y permite un micro-movimiento vital.

Por tanto, la vitalidad no es estática. Es un estado activo de intercambio iónico, respuesta celular y equilibrio. La caries (desmineralización prolongada) o la inflamación de la encía (gingivitis) son señales de que este equilibrio se ha roto. Nuestro cuidado diario es el apoyo esencial que este sofisticado sistema biológico necesita para mantener su fortaleza y funcionalidad a lo largo del tiempo.

FOTO: (Web paradigmia.com)


Visitas

109373
Hoy: 47
Ayer: 123
Esta semana: 270
Este mes: 3.218