Hoy vamos a hablar de algo que todos tenemos, de lo que nadie habla en la mesa y que, sin embargo, pasa horas con nosotros cada día. Ese bultico anaranjado o marrón que de vez en cuando te atreves a eliminar con un hisopo, y hasta con un gancho de pelo, La cera de los oídos, o cerumen, como la llaman los entendidos, es una de esas cosas que la naturaleza inventó y que nosotros, con nuestra manía de la limpieza extrema, hemos decidido odiar sin motivo.
Pero si te paras a pensarlo, es alucinante. El oído es básicamente un agujero que lleva directo a tu cerebro. Un túnel oscuro, húmedo que, si estuviera desprotegido, sería el sitio perfecto para cualquier bicho, hongo o bacteria que quisiera montar su casa allí. Ahí es donde entra nuestro protagonista. El cerumen no es una "suciedad" que el cuerpo genere por capricho o por falta de higiene. Es, ni más ni menos, un muro de defensa. Un pegamento biológico que atrapa polvo, insectos diminutos, células muertas y cualquier cosa que se atreva a aventurarse por ese oscuro pasillo hacia tu tímpano.
La cosa tiene su ciencia. En realidad, hay dos tipos de cerumen, pero ambos cumplen la misma función, cada quien la fabrica con la textura que le da la gana.
Y aquí viene la parte más interesante donde todos cometemos el error. El oído tiene un sistema de autolimpieza que haría palidecer a cualquiera. Cada vez que masticas, hablas o mueves la mandíbula, la piel del conducto auditivo va empujando la cera vieja hacia afuera, como si fuera una cinta transportadora. Por eso, cuando te metes un hisopo, lo que haces no es limpiar, es empaquetar. Comprimes la cera contra el fondo, la atas a los pelillos y creas un tapón que luego tendrá que sacar un médico con una gran jeringuilla metalica con agua. Es como si para limpiar tu casa, en vez de barrer hacia la puerta, barrieras toda la basura hacia la sala y la aplastaras. No tiene sentido.
Cuando sientas esa picazón o esa manía de limpiarte hasta que te brille el interior de la oreja, respira hondo y suelta el hisopo. Ese "tesoro amarillo" no es tu enemigo. Es un escudo pegajoso, un guardaespaldas que trabaja gratis 24/7 para que ningún bicho se cuele en tu cabeza mientras duermes. El cuerpo humano no hace nada por capricho; si produce algo, es porque lo necesita. Así que más respeto para la cera, que ella solita sabe cuándo tiene que irse.
FOTO: (Sitio Web centroauditivo-valencia.es)

