El 23 de abril se celebra el "Día del Idioma Español en las Naciones Unidas" para concienciar al personal de la Organización, y al mundo en general, acerca de la historia, la cultura y el uso del español como idioma oficial.
Hoy, cuando celebramos el Día de la Lengua Española en honor a Miguel de Cervantes y Saavedra, el creador que supo retratar como nadie la riqueza, la ambigüedad y la viveza de nuestro idioma, valdría la pena no solo aplaudir la herencia literaria, sino también detenernos a mirar cómo estamos usando —y a veces maltratando— la lengua que él ayudó a forjar.
Cervantes jugó con el castellano, lo estiró, lo ironizó y lo llenó de matices. Pero jamás lo empobreció. Por eso, resulta paradójico que hoy, en nombre de supuestas correcciones o luchas legítimas, caigamos en usos que empobrecen o distorsionan la esencia comunicativa del idioma.
Un ejemplo claro es el empleo redundante o forzado de términos como “niñas y niños”, “ciudadanos y ciudadanas” o “todos y todas”. Si bien es comprensible la intención de visibilizar a las mujeres en un lenguaje históricamente androcéntrico, lo cierto es que en español el masculino gramatical —como nos enseñó la RAE y el uso culto— ya cumple una función inclusiva en contextos genéricos. Decir “los niños juegan en el parque” no borra a las niñas; es una convención lingüística que prioriza la economía y la neutralidad en ciertos contextos.
Forzar el desdoblamiento sistemático no solo vuelve el discurso farragoso, sino que confunde la lucha por la igualdad real con una batalla superficial sobre las palabras. La lengua española tiene recursos más elegantes y efectivos para ser inclusiva: usar “la infancia”, “la ciudadanía”, “las personas” o simplemente confiar en el valor genérico del masculino.
Cervantes nos enseñó que el idioma es un ser vivo, pero también que su grandeza está en su capacidad para sugerir sin abrumar. Si hoy, en su honor, queremos mejorar nuestra forma de hablar, empecemos por no convertir el lenguaje en un campo de batalla donde lo accesorio opaque lo esencial. Hablemos claro, con respeto, pero sin caer en muletillas que, lejos de liberar, atan la lengua a modas pasajeras. Celebremos a Cervantes usando el español con la misma inteligencia, humor y precisión que él derrochaba. Eso sí sería un verdadero homenaje.
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