Holguín no se camina, se respira entre el salitre que llega de sus costas y el verdor de sus plazas. Conocida mundialmente como la Ciudad de los Parques, esta urbe del oriente cubano despliega un trazado geométrico perfecto, donde el urbanismo colonial se rinde ante el espacio público, convirtiendo cada manzana de su centro histórico en un pulmón de encuentro, sombra y cultura.

Hablar de Holguín es retroceder en el tiempo hasta aquel 4 de abril de 1545. En esa fecha, se estableció el Hato de San Isidoro de Holguín, fundado por el capitán español García Holguín. Lo que comenzó como un hato ganadero en una llanura estratégica, rodeada de cerros protectores, terminó convirtiéndose en una de las ciudades más prósperas y ordenadas de la isla.

Este origen humilde, marcado por la tierra y el ganado, forjó el carácter laborioso y hospitalario de su gente. El "4 de abril" no es solo una fecha en el calendario; es el recordatorio de la resiliencia de una ciudad que supo transformar el monte virgen en un tablero de ajedrez arquitectónico. Cada vez que se celebra su aniversario, Holguín renace, recordándonos que su belleza actual es el resultado de siglos de voluntad.

Ninguna crónica sobre Holguín está completa sin mencionar su ascenso al cielo. Al final de la calle Maceo, 458 escalones desafían al visitante para alcanzar la cima de la Loma de la Cruz. Desde la cima, Holguín no parece una ciudad, sino un jardín perfectamente diseñado donde los techos de tejas rojas se interrumpen solo para dar paso al verde de sus parques.

Desde allí, se comprende la magnitud de su trazado. Se ven los parques como oasis en medio del asfalto, y se siente el viento que baja desde la costa norte, la misma que fascinó a Cristóbal Colón en 1492.

La verdadera magia de la provincia no reside solo en sus monumentos, sino en el orgullo de sus ciudadanos por mantener vivo ese espíritu de "ciudad jardín". Holguín es una invitación a la pausa; es el placer de sentarse en un banco a ver pasar el tiempo mientras el sol se oculta tras el Cerro del Fraile.
Es una provincia que, partiendo de aquel hato fundacional, escaló montañas y sembró parques para asegurar que, sin importar cuánto crezca, siempre habrá un árbol y un banco esperando por quien necesite un momento de paz.

FOTOS: Carlos Rafael 


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