Haz algo, tápate la nariz con los dedos. Ahora intenta respirar por la boca. Puedes, no pasa nada. Ahora, sin soltarte la nariz, intenta sorber un poco de mucus o limpiarte la garganta. Verás que no puedes. Porque nariz y garganta son una misma autopista, y esa conexión no es un error de diseño.

El conducto que une la parte de atrás de la nariz con el inicio de la garganta se llama coanas. Son dos agujeros que están justo detrás del paladar, donde acaban los cornetes. Por ahí pasa todo: el aire que inhalas, el moco que traga tu cerebro sin que te des cuenta, incluso la comida cuando tienes mala suerte y se te va por "el camino viejo". Y precisamente por eso los bebés no pueden respirar bien si tienen la nariz tapada. Ellos, hasta los 4-6 meses, respiran casi exclusivamente por la nariz porque la epiglotis está más alta. Si se les tapa, se ahogan al mamar. La conexión nariz-garganta es su único camino.

¿Y para qué sirve tener ese pasillo interior en lugar de tener la nariz y la garganta separadas como dos tubos independientes? Principalmente, para filtrar, calentar y humedecer el aire. El aire que entra por la nariz recorre unos 10-12 centímetros de mucosa llena de vasos sanguíneos y pelos. Cuando llega a la garganta, ya está a 36 grados, casi saturado de humedad y sin polvo ni bacterias. Si el aire fuera directo de la boca a los pulmones, en invierno te congelarías los bronquios y en verano te los resecarías. La nariz es el aire acondicionado del cuerpo, y la garganta es el pasillo que conecta con la sala de máquinas.

Pero eso no es todo. Esa comunicación también es vital para hablar y tragar. Cuando hablas, el aire sale de los pulmones, sube por la tráquea, pasa por la laringe (donde están las cuerdas vocales) y luego tiene dos opciones: salir por la boca o por la nariz. Las consonantes nasales como la "m", la "n" o la "ñ" se producen porque el velo del paladar baja y permite que el aire escape por la nariz. Si no hubiera comunicación, no podrías decir "mamá" ni "no".
Y cuando tragas, el velo del paladar se eleva para cerrar el paso a la nariz. Así la comida no se te va hacia arriba. Si ese mecanismo falla, tienes el síntoma típico de que te ríes mientras comes y te sale leche por la nariz. Duele, pero es la prueba de que la conexión existe.

También el olfato depende de esta comunicación. Las moléculas olorosas entran por la nariz, suben hasta la pituitaria amarilla (el techo de la fosa nasal) y de allí la información va al cerebro. Pero si comes algo con mucho sabor, parte de esas moléculas suben por detrás, desde la garganta hacia la nariz, por el mismo conducto.   

La conexión entre nariz y garganta no es un capricho. Es la razón por la que respiras bien, hablas con "emes" y "enes", no te ahogas al tragar y disfrutas del sabor de la comida. Cuando bosteces y sientas cómo el aire te entra y sale por ambos sitios, agradécele a tus coanas. Llevan haciendo ese trabajo desde que eras un embrión de solo dos meses.

FOTO: (vecteezy.com)


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