A las seis de la mañana comienza una jornada que tiene como destino las aulas. En el taller de confecciones Yamarex, en la provincia oriental de Holguín, las máquinas de coser marcan el ritmo de una producción que este año enfrenta un desafío adicional: trabajar en medio de las dificultades energéticas que atraviesa Cuba.
Aquí, las costureras han tenido que cambiar rutinas, trasladar equipos y reorganizar jornadas para mantener la producción. Algunas incluso trabajaron durante meses desde sus hogares, hasta que las condiciones permitieron reunir nuevamente al colectivo en los talleres.
“Dejamos la familia en la casa, iniciamos la jornada a las seis de la mañana. Es algo difícil, pero dentro de todas las dificultades que tenemos, llegamos aquí para que nuestros niños, nuestros nietos, vecinos tengan su uniforme escolar en tiempo y forma”, cuenta Marlenis Santiesteban Parra, costurera de Yamarex.
La historia de estas trabajadoras ocurre mientras Cuba intenta sostener servicios y actividades productivas bajo una situación energética que obliga a modificar horarios y buscar alternativas para mantener en funcionamiento sectores esenciales.
En el caso de los uniformes escolares, el tiempo tiene además un significado particular: detrás de cada pieza terminada hay un estudiante que espera regresar a clases con su vestimenta correspondiente.
A finales de agosto, Holguín había completado el 53 por ciento de los uniformes destinados a los grados iniciales. Quedaban alrededor de 20 mil piezas por confeccionar, aunque la empresa disponía de las materias primas necesarias para continuar el proceso.
El problema no estaba únicamente en las telas: La electricidad condicionaba cuándo y dónde podían trabajar las máquinas.
“Nos estuvimos incorporando una a una y aquí estamos todas unidas de nuevo en familia, porque no queremos perder lo que tenemos. Nuestra empresa, nuestro taller, sea donde sea, aquí vamos a seguir dando todo de nosotras”, explica Marlenis.
La solución fue adaptarse:
Máquinas y trabajadores fueron trasladados entre diferentes circuitos eléctricos para aprovechar los momentos de disponibilidad y evitar que una interrupción energética significara también detener completamente la producción.
“Nos hemos mudado ya tres veces, las máquinas, la luz, el ventilador… pero bueno, aquí estamos”, relata Milagro Sánchez, otra de las costureras.
La escena resume una realidad que alcanza a diferentes sectores de la economía cubana: producir depende cada vez más de la capacidad de reorganizar procesos frente a la disponibilidad de electricidad, combustible y otros recursos.
Una carrera contra el tiempo:
Yamarex conoce bien la producción de uniformes escolares, pero las circunstancias actuales han obligado a trabajar de otra manera. Las jornadas se extienden y también se aprovechan los fines de semana.
“Hasta los sábados estamos trabajando porque para nosotros el uniforme escolar siempre ha sido una prioridad”, explica Kenia Santana Santiesteban, directora de la empresa.
La directiva asegura que la materia prima correspondiente a la primera prioridad estaba disponible y que el colectivo comenzó a buscar alternativas para sostener el proceso.
El objetivo es que las prendas lleguen a los estudiantes:
El curso escolar 2026-2027 comenzó en Cuba el primero de septiembre, en un contexto marcado por dificultades económicas y energéticas que también repercuten en el transporte, el combustible y el funcionamiento de distintas actividades.
Para las costureras, sin embargo, las cifras adquieren otra dimensión cuando pasan por sus manos. Cada uniforme implica cortar, coser, revisar y terminar una prenda. Son operaciones aparentemente pequeñas que, multiplicadas por miles de estudiantes, forman parte de una cadena industrial que debe mantenerse activa.
“Estamos luchando por que esta producción salga lo más pronto posible”, dice Emilia Sique, trabajadora del taller. En las mesas de trabajo quedan retazos de tela. Las máquinas vuelven a sonar. Las prendas terminadas se acumulan mientras otras esperan por la siguiente operación.
Y la historia termina donde comenzó todo: en las aulas
Allí, los uniformes dejan de ser piezas de una cadena productiva y adquieren su verdadero sentido. Cada prenda que sale de Yamarex lleva detrás una jornada de trabajo, una máquina que volvió a funcionar y una costurera que decidió seguir cosiendo para que un niño pudiera volver a clases.
FOTOS: Yordanis Rodríguez Laurencio

