Tienes dos ojos para ver, dos orejas para oír, dos brazos para abrazar, dos piernas para caminar. Todo viene en pares, como si la naturaleza hubiera comprado al por mayor. Pero llegas a la cara y...Una sola nariz. Una sola boca. ¿Por qué? ¿Acaso se le acabó el presupuesto?
La respuesta te va a dejar con la boca abierta. Y nunca mejor dicho.
Empecemos por lo obvio: los pares existen por una razón. Dos ojos te dan profundidad, dos orejas te dicen de dónde viene el sonido, dos piernas te mantienen en equilibrio. Son simétricos porque necesitan trabajar en equipo, comparando información para que el cerebro arme el mundo. Pero la nariz y la boca no juegan ese juego. Ellas no comparan: ellas hacen.
Tu nariz no necesita una gemela porque su trabajo es captar olores, y con una basta. Tu boca no necesita compañera porque su misión es meter comida y sacar palabras. Duplicarlas no te haría oler mejor ni hablar más rápido. Solo te haría ver raro. Y aquí viene lo atónito: la naturaleza no diseña por belleza, diseña por eficiencia. Si algo funciona con uno, ¿para qué gastar energía en dos?
Pero hay algo aún más loco. La boca y la nariz están solas porque son puertas. Son las dos entradas principales al cuerpo: por una entra el aire y la comida, por la otra entra el oxígeno y salen los estornudos. Tener dos bocas sería un caos: ¿por cuál masticas? ¿por cuál gritas? Tener dos narices sería un desastre: imagínate sonarte dos veces cada vez que te resfrías. Una pesadilla.
Además, la evolución es floja, pero inteligente. No inventa de más. Si con una boca puedes comer, besar y cantar reguetón, ¿para qué otra? La simetría de nuestro cuerpo no es un capricho estético: es una solución práctica. Los pares nos ayudan a movernos y percibir; los únicos nos ayudan a sobrevivir sin complicarnos la vida.
No te quejes de tener una sola boca. Agradécele a la evolución por no haberte dado dos. Porque si tuvieras dos narices, quizás también tendrías dos excusas para no oler la basura. Y eso sí que sería un problema.
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