En Las Casimbas, una comunidad rural de Holguín, una joven de 35 años cocina cada día para diez adultos mayores en situación de vulnerabilidad. Con la ayuda de su madre y una vecina, convierte los alimentos en una forma de acompañar a quienes más lo necesitan, incluso cuando la enfermedad les impide salir de casa.
A las cuatro y media de la mañana, cuando todavía queda mucho por hacer antes de que comience el día, Angelita ya está en pie. Primero prepara a sus hijos para la escuela. Después enciende el fuego, organiza los ingredientes y comienza a cocinar. En Las Casimbas, diez adultos mayores esperan por sus almuerzos.
«Una tarde me llaman del Gobierno y me hacen la propuesta de este trabajo y yo sin dudarlo lo acepté porque me gusta mucho, me gusta mucho cocinar, atender a las personas, me gusta mucho la cocina», cuenta Angela María García Martínez.
Tiene 35 años. Es trabajadora por cuenta propia y comparte esta responsabilidad con su madre y una vecina. Aprendió a cocinar con su abuela, pero en esta cocina hay algo más que recetas heredadas: cada jornada exige encontrar los ingredientes, aprovechar los recursos disponibles y conseguir que la comida llegue a tiempo.
«Yo me levanto muy temprano en la mañana, a ver lo que es cocino con leña o igual con carbón. Hay muchos campesinos que me hacen donación del carbón y la leña igual. Y tempranito me levanto como a las cuatro y media, cinco de la mañana, preparo a mis niños para la escuela, le hago su desayuno de más y ahí me pongo a hacer el almuercito para que temprano, once, once y media de la mañana, ya ellos estén almorzando», explica.
La leña y el carbón llegan, en parte, gracias a campesinos de la zona. También recibe donaciones de viandas y apoyo de pequeñas industrias locales. El Estado aporta mensualmente arroz, aceite, chícharos, sal y azúcar. Lo que falta, Angelita intenta completarlo con los recursos de su propio negocio.
«Soy TCP, tengo un trabajo por cuenta propia. Y las utilidades de mi negocio yo las utilizo para comprar lo que es las especies, la ensalada, el plato fuerte […] las mini industrias de La Gloria, que me ayudan muchísimo con el postre, con los frijoles, todo lo que ellos puedan. Y los campesinos igual con la vianda, que me ayudan mucho», relata.
No se conforma con llenar los platos. Busca los sazones naturales que prefieren los adultos mayores y prepara también algún dulce. Son pequeños detalles, pero para ella forman parte de la atención.
«Me gusta hacerle sus especias, sus sazones, pero sus hierbitas naturales que a ellos les gustan mucho», dice.
En Cuba, los hogares de alimentación comunitaria forman parte de la atención a personas en situación de vulnerabilidad, especialmente en zonas rurales. En el municipio de Calixto García funcionan cinco. La selección de los beneficiarios comienza con el diagnóstico de los trabajadores sociales y pasa por las estructuras locales encargadas de evaluar cada caso.
Adairis Velásquez Cruz, trabajadora social, explica cómo se garantiza el servicio a quienes no pueden costearlo.
«El importe es 50 pesos. Y cuando hicimos la evaluación, bueno, si son personas que precisamente se encuentran en situación de vulnerabilidad, pues atendiendo a la facultad que nos da la asistencia social, pues decidimos hacerle el pago. Y en este caso, las 50 personas que tenemos en el municipio que reciben este servicio, pues se asume el pago a través de la asistencia social».
Sin embargo, detrás de cada almuerzo hay necesidades que no siempre se ven. La mayoría de los beneficiarios son personas mayores que viven solas, carecen de apoyo familiar o enfrentan problemas de salud.
«Es duro ver cómo está en este momento la población y ellos son muy vulnerables. Son personas, la mayoría viven solos, no tienen hijos algunos, otros están enfermos. Entonces ellos se refugian aquí y yo trato de apuchucharlos y hacerles sus dulcecitos buenos también», confiesa Angelita.
Sus palabras encuentran respuesta en quienes reciben la comida. Eudelia Figueredo habla del sabor; Enrique Licea Pérez, del cariño con que se prepara cada plato.
«La comida es muy rica que elabora ella, ella siempre, yo no sé, tiene algo especial, le echa el potaje, es muy rico», asegura Eudelia.
«Todo lo hace con cariño, tratado con cariño, y a todos nos sentimos orgullosos de la ayuda que nos dan», dice Enrique.
Marlenis Rodríguez González también reconoce la dedicación de Angelita: «Sí, bueno, desde lunes a viernes, y bien elaborada, ella lo hace con mucho gusto, mucho amor, y nosotros estamos satisfechos de lo que ella hace».
Pero hay dos personas para quienes recibir el almuerzo significa algo más: Isabel y Julio no pueden salir de sus casas y necesitan cuidados. Por eso, Angelita también lleva la comida hasta sus puertas.
«Sí, también a Isabel y Julio, son personas muy humildes y muy buenas también, ya están en cierta edad que no pueden salir de la casa, ya necesitan de cuidado», explica mientras se dispone a visitarlos.
El recorrido permite entender la dimensión de una tarea que no termina cuando la comida está lista. Hay que llevarla, comprobar que llegue a quienes no pueden acudir por sí mismos y dedicarles unos minutos. En una comunidad donde las dificultades económicas y la escasez complican el abastecimiento, sostener estos servicios exige buscar alternativas cada día.
Jorge Omar Cruz Chong, presidente del Consejo Popular, conoce de cerca esa realidad. Además de su responsabilidad comunitaria, atiende otro servicio de alimentación para adultos mayores.
«Es algo complejo, algo complejo hoy sin ningún abastecimiento, prácticamente, con lo que da el Programa Mundial y lo que da el Estado, afrontar esta situación que hoy tenemos. Lo tratamos de hacer, pero es complejo, porque no tenemos ganado, no hay de nada. Estamos tratando de buscar soluciones por aquí y por allá», reconoce.
Cuba cuenta con más de 32 programas sociales dirigidos a personas y familias en situación de vulnerabilidad. Las dificultades para garantizar los recursos ponen a prueba su funcionamiento, pero también revelan la importancia de las personas que, desde cada comunidad, sostienen la atención cotidiana.
Angelita no puede resolver todas esas carencias. Cada mañana vuelve a encender el fuego, a preparar los alimentos y a organizar los almuerzos con la ayuda de su madre y una vecina. Diez personas esperan por ese trabajo. Algunas llegan hasta la mesa; otras necesitan que alguien les lleve la comida.
Y es allí, frente a una olla o en la puerta de una casa, donde esta historia encuentra su sentido: en el alimento que se comparte, en el tiempo que se dedica y en el cuidado que no termina cuando se sirve el último plato.
FOTOS: Eddy de la Pera

