¿Por qué los bebés tienen la cara tan redonda y pequeña, y por qué con los años tu rostro cambia tanto? La respuesta está debajo de la piel: un rompecabezas de huesos que se forman, se acomodan y, con el tiempo, se sueldan.
Desde el vientre materno, la cara no es una pieza sólida, sino un conjunto de piezas blandas que van endureciéndose. La mayoría de los huesos faciales no nacen de cartílago, sino de unas membranas de tejido conectivo. Unas células albañiles depositan calcio y fósforo y crean islotes de hueso que crecen y se extienden. Así aparecen los maxilares, los pómulos, los huesos nasales y la mandíbula, el único hueso móvil de la cara.
Al nacer, estos huesos son pequeñitos y están separados por suturas elásticas. Esas costuras permiten que la cabeza se amolde al nacer y, después, que la cara crezca con la respiración, la masticación y la salida de los dientes. Imagina las suturas como juntas de dilatación: dejan que cada hueso se mueva sin romperse.
Durante la infancia, la mandíbula se estira, el maxilar se ensancha y los pómulos se adelantan. Los dientes empujan y moldean el hueso que los rodea. A los pocos meses, las dos mitades de la mandíbula se fusionan en el mentón; por eso el mentón de los recién nacidos es tan suave.
Con la adolescencia, la cara se alarga, la nariz crece y el perfil se define. Las suturas empiezan a cerrarse poco a poco, como si el rompecabezas se soldara pieza por pieza. Hacia los 18 o 21 años, la mayoría ya se han fusionado o se han vuelto muy firmes, y el crecimiento casi se detiene.
Con los años, la pérdida de dientes o de masa ósea puede reabsorber algunos huesos y cambiar sutilmente el rostro, pero la arquitectura básica quedó definida en la juventud.
Tu cara es un rompecabezas vivo que se arma en la niñez y se suelda en la juventud. Cada sonrisa, cada bocado y cada respiración ayudaron a esculpir el rostro que hoy te mira en el espejo.
FOTO: Tomada de Youtube

