Para Nancy González, la actuación nunca ha sido un ejercicio superficial. Cada personaje representa una oportunidad de descubrir una vida diferente, de comprender comportamientos, contradicciones y emociones que, aunque pertenezcan a la ficción, nacen siempre de una profunda observación de la realidad.
Cuando habla de sus personajes más recordados, no establece diferencias entre protagonistas y papeles secundarios. Su relación con ellos depende de la riqueza humana que puedan ofrecerle.
“A lo largo de mi carrera he tenido la posibilidad de defender infinidad de personajes, desde primeras figuras o protagónicos hasta papeles secundarios o de reparto, y a todos les he entregado lo mejor de mí. Siempre que tengan vida, color y conflicto, son bien recibidos”, asegura.
Para la actriz, el tamaño de un personaje no está determinado por la cantidad de escenas o líneas de diálogo, sino por la historia que pueda revelar.
“No me gustan los personajes que solo tienen tres líneas y carecen de matices o historia. En ese sentido, he rechazado algunos, incluso en el cine. Aunque es cierto que no hay personajes pequeños, sí los hay sin historia, y ahí no llega mi amor”, explica.
Esa búsqueda de profundidad ha acompañado especialmente sus interpretaciones más complejas, aquellas donde ha tenido que acercarse a mujeres alejadas de los modelos tradicionales de heroína.
Entre ellas están Amalia (Pasión y prejuicio) y María Antonieta (Salir de noche), dos figuras que el público recuerda por su carácter fuerte y sus decisiones cuestionables. Sin embargo, Nancy no las observa desde el juicio, sino desde la comprensión.
“Las malas, aunque no he hecho tantas —solo Amalia y María Antonieta—, me gustan mucho, no porque sean malas, sino porque son personajes muy ricos, llenos de vivencias y con un amplio abanico de sentimientos”.
Y añade una reflexión que define su manera de construir a estos personajes:
“No creo en las villanas que dicen ‘qué mala soy’, porque las personas, por más terribles que sean, creen tener la razón. Eso es lo que siempre busco: entender sus motivos”.
Esa mirada permitió que personajes como María Antonieta trascendieran la etiqueta de antagonista y encontraran una dimensión más humana ante los espectadores.
“María Antonieta es un personaje que adoro y que disfruté mucho interpretar. Pude pulirlo porque contábamos con un equipo de actores, técnicos y una directora excelentes. En esa telenovela todo el contexto estaba preparado para que uno pudiera desarrollar bien su trabajo; por tanto, no creo que su popularidad se deba solo a mí, sino al colectivo”.
También recuerda con especial cariño a Fela, de Su Propia Guerra, de la serie Día y Noche, una mujer aparentemente sencilla, pero llena de matices.
“Hasta ese momento había interpretado otro tipo de mujeres, y aquí pude construir un personaje más popular, con defectos humanos. Fue una oportunidad de crear desde la libertad del personaje”.
Para Nancy, aquella serie logró superar los límites del género policiaco y convertirse en una obra que permanece en la memoria.
“Su propia guerra sigue siendo muy aceptada por el público. Lo que pudo ser una serie policiaca más, se convirtió —a mi entender— en una obra para la eternidad”.
Otro personaje significativo fue Dalia, de Sin perder la ternura, una mujer profesional, segura y con conflictos propios.
“Era una mujer cubana profesional, empoderada, segura de sí misma, con conflictos sociales y familiares. Aunque no es de los más recordados, lo disfruté mucho y llegó en un momento que lo necesitaba”.
El arte de construir un personaje. Detrás de cada personaje existe un proceso de investigación. Nancy entiende la actuación como una combinación de intuición, estudio y preparación rigurosa.
“Para la construcción de un personaje me baso en reglas académicas. Primero leo el guion completo, estudio todas las historias y luego tomo notas sobre mi personaje, lo que dicen otros sobre él, el contexto social e histórico, los lugares y el tiempo narrativo”.
Ese análisis inicial se transforma poco a poco en una biografía imaginaria que permite darle coherencia a cada decisión del personaje.
“Después voy depurando esa información hasta construir su biografía, costumbres, relaciones, sueños y proyecciones”.
También considera fundamental el trabajo colectivo con las distintas áreas de una producción.
“Me gusta colegiar con los demás especialistas el vestuario, maquillaje, ambientación y escenografía”.
Porque para Nancy, todo aquello que parece invisible termina llegando al espectador.
“Todo ese trabajo previo sale por los ojos. Un espectador una vez me dijo: ‘Veo detrás de tus ojos mucho más de lo que estás diciendo’, y entendí que el público percibe todo ese proceso, aunque no se verbalice”.
Una nueva ruta hacia el público
En los últimos años, Nancy González asumió un desafío diferente: la conducción televisiva. Aunque su carrera estuvo marcada principalmente por la interpretación, encontró en Ruta 10 una nueva forma de comunicarse con la audiencia.
La propuesta no era completamente ajena. Años antes estuvo vinculada al nacimiento del programa Entre tú y yo, aunque finalmente no asumió la conducción porque recibió una invitación para trabajar en Perú en la telenovela Isabella, mujer enamorada.
“Después de pensarlo mucho, le planteé a Sonia Castro no continuar con el proyecto, pues no era justo comenzar Entre tú y yo para luego, a los tres o cuatro meses, salir del país por otro compromiso de trabajo”.
Ese gesto permitió que otra figura asumiera un papel histórico en la televisión cubana
“Le sugerí a Irela Bravo, y me hizo muy feliz saber que fue la elección correcta, pues Irela fue el alma del programa por décadas”.
Mucho tiempo después llegó la oportunidad de conducir en Ruta 10, una experiencia que inicialmente le provocó temor.
“Cuando la entonces directora, Jennifer Zubizarreta, me presentó el proyecto, confieso que la propuesta me causó pavor, porque hacer una revista con emisiones en vivo de lunes a viernes, todas las mañanas, supone una exigencia y un desgaste físico del que ya no dispongo o, al menos, no me sentía capaz”.
Finalmente encontró un formato donde podía aportar desde su propia experiencia como actriz.
“Cada miércoles me monto en la Ruta 10 para, en una de sus paradas, dialogar sobre la sexualidad en la edad madura”.
La clave del espacio, según explica, estuvo en encontrar una manera natural de abordar temas que durante mucho tiempo permanecieron rodeados de silencios.
“Jorge Luis y yo asumimos el reto de conducir como dos actores que conversan un tema con la naturalidad, relajación y espontaneidad de un diálogo entre amigos”.
Ese vínculo con la audiencia se convirtió en uno de los mayores aprendizajes de esta nueva etapa.
“Esa complicidad con el público también es algo nuevo para mí, y Ruta 10 nos ha regalado esa oportunidad: hacer un trabajo que no es fácil, pero que disfrutamos muchísimo”.
Para Nancy, hablar de sexualidad en la madurez significa hablar también de la vida y del derecho a seguir sintiendo, creando y disfrutando.
“Hablar de sexualidad es muy interesante, pues constituye una parte de la vida inherente a todos y que históricamente ha sido un tabú en las personas mayores”.
Y concluye:
“Los adultos que hoy pasan los cincuenta son personas activas, productivas, líderes intelectuales, con deseos de vivir plenamente, vestir a la moda y escuchar la música del momento. Son una generación llena de vida”.
La actriz que durante décadas dio rostro a tantas mujeres ficticias encuentra ahora, en esta nueva etapa, otra manera de acompañar a quienes la han seguido durante años. Ya no solo desde los personajes, sino desde la conversación directa, desde la experiencia y desde la certeza de que el arte también puede convertirse en un espacio para escuchar y acompañar.
FOTOS: Cortesía de la entrevistada y tomadas de Internet

