¿La vida sin uñas? Rascarte una picazón sería una tortura, abrir una lata de refresco casi imposible y hasta recoger una moneda del suelo se volvería un reto. Las uñas son esas láminas que a veces pintamos o mordemos, pero rara vez nos preguntamos para qué sirven de verdad. No son un adorno: son herramientas vivas.
Para empezar, ¿qué son? Las uñas están hechas de queratina, la misma proteína resistente que forma tu pelo y la capa externa de tu piel. Crecen desde la matriz, una zona oculta bajo la cutícula, y se deslizan sobre el lecho ungueal, que les da ese tono rosado. No tienen nervios ni vasos sanguíneos, por eso puedes cortarlas sin dolor. Son, básicamente, escudos de proteína compacta.
Su primera función es proteger. Las puntas de los dedos están llenas de terminaciones nerviosas, y sin uñas serían muy vulnerables a golpes y pellizcos. La uña actúa como un casco diminuto. Pero hay algo más interesante: cuando presionas un objeto con la yema, la uña hace de contrafuerte, una superficie rígida que evita que la carne se deforme demasiado. Eso mejora muchísimo tu sensibilidad táctil. Parece contradictorio, pero una uña dura te permite sentir mejor lo blando.
Luego está su papel como herramienta. Con las uñas rascas, pelas frutas, deshaces nudos, levantas etiquetas, abres pequeños envases y hasta te defiendes de un mosquito. Son pinzas, palancas y raspadores incorporados. En primates y otros mamíferos, lo que tenemos es una versión plana de las garras de nuestros ancestros. Las garras sirven para cazar y trepar; nuestras uñas, más chatas, se adaptaron para la manipulación fina y el uso de herramientas, algo que fue clave en la evolución humana.
Además, las uñas son un espejo de tu salud: cambios en color, grosor o textura pueden avisar de falta de nutrientes, hongos o enfermedades. Por eso los médicos las miran. Cuando te cortes las uñas, piensa que estás podando una herramienta de precisión que te acompaña desde hace millones de años.
FOTO: (Tomada del sitio cemcanarias.es)

